“¿De todos las que hemos visto hoy o con otros colegios e institutos cuál es la especie más rara?” Es una pregunta recurrente porque, además de la cantidad de especies, a las personas que participan en nuestras rutas les motiva también la sorpresa, lo inhabitual o incluso si está amenazada. Sin duda, en abril, ha sido el pájaro moscón, que es uno de los menos numerosos y al que resulta complicado de localizar. O la cogujada común que vimos con el colegio Aquila de Parla dentro de su propio centro escolar. Eso sí, para el grupo son también raros el gorrión molinero, el cetia ruiseñor, el colirrojo tizón, el mito común, el andarríos chico, el agateador europeo o la paloma zurita.
Abril también deparó sorpresas en más de una, de dos y de tres personas, al ver a otras rapaces como busardo ratonero, milano real y buitre leonado; aves marinas como gaviotas reidoras y sombrías y cormoranes grandes; las bellas abubillas crestadas; el avión roquero “con la guitarra eléctrica en las patitas” (“que no, que es broma, que viene de roca no de rock and roll); los ojazos rojos de la curruca cabecinegra y la boina negra o marrón, según sea macho o hembra, de la curruca capirotada; o saber que, aparte de la cotorra argentina, también hay cotorra de Kramer.
Pero vamos también con el mirlo, el carbonero, el herrerillo, el gorrión, el verderón, la gallineta y el mosquitero comunes, que no por llevar el apellido “común” dejan de ser especies interesantes, más aún si se ven a través de prismáticos o telescopios y se aprecian detalles que antes nos habían pasado desapercibidos. Y lo mismo con otras “sospechosas habituales” de la ciudad: ánade azulón, lavandera blanca, urraca común, estornino negro, grajilla occidental, petirrojo europeo, palomas doméstica y torcaz, jilguero europeo, serín verdecillo y tórtola turca.